sábado, 24 de septiembre de 2016

¿Quién canoniza a quién?

Según disposición del Vaticano, el próximo 16 de octubre será canonizado el padre Gabriel Brochero, conocido popularmente como el Cura Brochero, famoso sacerdote que desarrolló su tarea pastoral en las serranías cordobesas.
Son días de mucho júbilo para aquellos que hemos conocido el trabajo del Cura, que no fue sólo religioso, sino que inundó todos los espacios de la vida de una comunidad que estaba aislada en virtud de su ubicación geográfica a principios del siglo XX. Es por ello que nos alegra, pero también nos cuestiona.
Hace unos días, escuché decir a alguien “¿Quién canoniza a quién? Y esa pregunta me siguió golpeando hasta que me decidí a tratar de organizar mis pensamientos buscando el sentido de la pregunta (por lo menos el sentido en que la tomo, no ya el de quien la pronunció, dado que no puedo conocerlo, aunque lo presumo).
Siempre he pensado que más allá de las normas que rigen a la Iglesia Católica en el proceso de canonización (Constitución Apostólica Divinus perfectionis Magister, de 25 de enero de 1983), son miles y miles los humildes santos que la institución desconoce. Y no hablo solamente de la viejita piadosa que entrega su vida en buscar y arreglar alguna ropa en el ropero parroquial para abrigar a los que no tienen con qué hacerlo. Pienso también en aquellos que habiendo vivido una vida plena de compromiso y entrega, la institución ha optado desconocer por no coincidir con sus opciones políticas en cada momento histórico.
Puede tenerse dudas de la santidad de Mns. Oscar Romero, que fue asesinado celebrando la misa? Existe martirio más claro que ese? Creo que no, pero durante muchos años su testimonio (martyrium) fue molesto para una dirección eclesial comprometida con el polo conservador mundial que encabezada Reagan y que complementaba Juan Pablo II.
Y aquí tenemos otro caso. Juan Pablo II fue canonizado conjuntamente con Juan XXIII. El Papa bueno, el que abrió las ventanas de la Iglesia para que entrase el aire fresco de la renovación, sin miedo de que alguno pudiera resfriarse quedó unido a aquel que durante 25 años sirvió de tapón para “echar atrás” toda posibilidad de cambio.
Pero volviendo a Brochero, vemos cómo los poderes políticos argentinos intentan tomar tajada de una celebración que debería ser básicamente popular porque él lo era. Brochero trabajaba para su pueblo y su pueblo es el que lo recuerda vivamente, sin especulaciones. Y hoy, contemplamos las delegaciones gubernamentales que participarán en Roma de la celebración de su canonización y no se puede dejar de pensar si no serían enfrentados por la voz de aquel que no se callaba las verdades que hacían sufrir a su gente. Pero bueno, la realidad actual es así. Nada les importa ni a los gobernantes ni a líderes religiosos las enseñanzas de los santos populares, pero les hace bien el lavado de imagen que ellos realizan.
Y así, desgranando ideas, voy descubriendo quién canoniza a quién. Angelelli, canoniza a un episcopado que usó el argumento del accidente para lavarse las manos ante una voz que interpelaba a algunos de sus amigos. Romero canoniza, entre otros a muchos jesuitas (recuerden que Francisco lo es) que lo consideran un extremista fuera del lugar que ellos habían elegido para desarrollarse. Los mártires salvadoreños, los jesuitas asesinados en la Universidad Católica en El Salvador, canonizan a los que tienen su conciencia dolida por haber financiado la contrarrevolución centroamericana. La Madre Teresa de Calcuta, canoniza a los obispos y cardenales que viven en la riqueza de los palacios romanos y actúan sólo para complacer a los poderosos.
Pero brocherito (hoy un amigo me decía que algunos lo llaman así) nos dejará la enseñanza de no canonizar a nadie, sino de cuestionar los sistemas opresores que impiden la vida digna. Podrán ir a su celebración en la bellamente adornada Plaza de San Pedro el presidente, el gobernador y toda la comitiva que quiera, pero él seguirá siendo luz de esperanza para los pobres y los sufrientes, sin importar si es verdad o no el milagro atribuido, porque no importan los milagros, importa el amor… “amar hasta que duela” decía Teresa de Calcuta.

Córdoba, 24 de septiembre de 2016
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martes, 15 de marzo de 2016

EL COMPAÑERO MAURICIO

Pensando en los 100 primeros días del presidente Macri, me dan ganas de repetir el magnífico informe de Lalo Mir en su espacio “Sin respirar” que sintetiza lo que fue el comienzo del gobierno de Cambiemos. (Si alguien aún no lo vio, se lo recomiendo y les dejo el link: https://youtu.be/xnazBV6T2AE ).
Pero por desgracia no es tan fácil como eso hacer un análisis de estos primeros tres meses de gobierno. Ante todo, estábamos desacostumbrados a los cambios de gobierno. Luego de tres periodos presidenciales en que no sólo no cambió el signo político, sino que hubo una continuidad en las políticas globales, con sus más y sus menos, pero siguiendo un mismo rumbo, ahora nos toca vivir un cambio radical, con una vuelta a experiencias económicas y sociales que pensábamos (inocentemente) haber dejado atrás.
Nada me sorprende de lo hecho por Macri. No esperaba más. Tampoco menos. Siendo el representante autóctono de un capitalismo transnacional que asume la política a partir de los negocios generados, primero a través de las empresas contratistas del Estado de su familia y luego, a través de un equipo de fútbol que está inmerso en negociados a nivel nacional e internacional, no podía esperar otra cosa. Y voy a poner un ejemplo: si el gobierno fuera anarquista, no me extrañaría que expropie los bienes particulares y los entregue a obreros organizados, sí me llamaría la atención que reprima con la policía la protesta social.
Lo que sí llama la atención (o no tanto), es que no han podido hacer que sus socios respeten y ayuden a la inicial consolidación de un gobierno que ha llegado legítimamente a través del voto, pero anémico de estructura política. No cuentan con base territorial extendida en todo el país, no cuentan con bancadas numerosas en el Congreso Nacional, más aún, da la impresión que el haber ganado la gobernación de Buenos Aires los ha dejado con un vacío de funcionarios capaces de asumir funciones, que es notable. Y a esto debemos agregar que sus socios de intereses, aquellos que manejan las estructuras económicas a través de la concentración de la comercialización agrícola o la producción de bienes y servicios, los han atacado con la negativa a liquidar exportaciones o aumentando los precios de modo abrumador, generando una inflación desenfrenada.
Pero no sólo del Macrismo surgieron grandes dudas. No puede entenderse qué intentaba hacer el FPV en estas elecciones. Veamos algunos ejemplos: en Córdoba, se llevaron de candidatos a personas que estaban inmersas en escándalos judiciales como el caso CBI. Las provincias que quedaron en poder del FPV están totalmente desfinanciadas y deben acudir al gobierno nacional en busca de fondos, con el correlato de negociaciones políticas que ponen en dudas los discursos previos. Los nombramientos en el Estado nacional de los últimos años fueron totalmente precarios (en la figura del “contratado” o el “monotributista”) que dejo a todos ellos en manos de la furia ajustadora del nuevo gobierno.
Los 12 años de la administración del FPV plantearon una novedosa visión de las formas de hacer política. En sus comienzos con un método de construcción que parecía abarcar a todo el campo popular. Posteriormente y dadas las urgencias propias de un gobierno que necesitaba apoyo parlamentario y territorial fue virando hacia una peronización que dejaba fuera toda otra forma de ver la política nacional. No obstante, grandes logros alcanzó y muchos problemas tuvo. Tal vez el más grave y que lo llevó a la derrota fue la falta de decisión en la conformación de nuevos liderazgos que convivieran camino a la sucesión con la Presidente Fernández de Kirchner. El mismo candidato Scioli parecía más atacado por la tropa propia que por los opositores. Tarde, camino al ballotage algunos se dieron cuenta de la necesidad de militar su candidatura.
Pero horrible y de mal gusto es llorar sobre la leche derramada. El históricamente llamado Movimiento Nacional y Popular, debe aprender de todo esto. Como movimiento histórico se han cometido errores en distintas épocas, sobre todo el error de pensar que se gobierna por siempre y no saber conjugar el valor del hartazgo de mucha gente a modos de gobernar que se tiñen de cierta impunidad.
Ahora estamos en otro momento de nuestra fluctuante historia política. Los grupos económicos y sociales vinculados a la transnacionalización capitalista están de fiesta y ese festejo lo pagan los que menos tienen, las víctimas del sistema que no supimos rescatar, los despojados de siempre. Pero sobre todo no aprendimos que desde el capitalismo, sin cuestionar su fundamento y su lógica, nunca podremos construir una Patria para todos, donde los “sufrientes” sean la razón última de cada decisión. Un lugar de integración para el desarrollo personal y comunitario que contemple al ser humano en su dignidad y que esa dignidad sea su último fundamento.
Jorge Gerbaldo
                                                                                                          15/3/2016 



jueves, 24 de septiembre de 2015

DE AYLANES Y GLOBALIZACIONES

Llegó la década de 1990 y el “mundo desarrollado” al ritmo de un incremento desaforado de las comunicaciones, declaró la ERA GLOBAL.
Los sociólogos y politólogos nos inundaron de neologismos para enseñarnos de que se acabaron las fronteras; que ahora somos ciudadanos de un único mundo. La nueva sociedad surgida de esta era de la comunicación intentó hacernos creer que era lo mismo ser tirio o troyano, porque ahora no habría más divisiones.
Y así fue que creímos que si todos éramos ciudadanos de un único espacio global teníamos derecho a decidir dónde vivir dentro de ese mundo que nos alojaba a todos como co-ciudadanos en una fraternidad que el encuentro virtual promovía. Pensábamos que en esta fraternidad, seríamos recibidos en la casa del hermano global si nuestra casa se volvía inhabitable.
Así fue que los latinoamericanos salieron como migrantes a Estados Unidos y a Europa. Pero pronto fueron tomados por usurpadores de un espacio no propio y se transformaron en “chicanos” o “sudacas”. Luego vinieron las víctimas de las guerras civiles del África sub-sahariana que intentaron llegar a Europa y fueron rechazados. También del África y de Asia vinieron aquellos que no soportaron la anarquía surgida de la llamada primavera árabe iniciada en 2010. Ahora las grandes masas de migrantes son fruto de las persecuciones religiosas del grupo asesino ISIS o Estado Islámico.
Pero esta gente no hacía más que marchar hacia la madre de los males que sufrían. Los latinoamericanos que intentan ingresar a Estados Unidos huyen de violencias institucionalizadas y marginación económico-social y ven en ese país la solución a sus males, cuando no es más que la causa de esos males. Marginación y violencia en esta zona del mundo es hija de políticas apoyadas e implementadas por ellos. Y así podemos seguir en cada caso: las guerras intestinas africanas promovidas por las potencias coloniales que aún poseen gran influencia en esas zonas, como el caso del Congo y las situaciones planteadas en las minas propiedad de la familia real Belga (ver: https://www.cristianismeijusticia.net/files/es184.pdf) .
Otro tanto se puede hablar de la primavera árabe o el colapso irakí o sirio. Todos son intentos de las potencias occidentales para imponer modos de vida y organización política y económica culturalmente extraña a esas regiones. Pero claro, esto es un planteo obsoleto, ya que en la era de la sociedad global no existen diferencias culturales. Eso nos dicen los publicistas del sistema colonial, pero no es lo que nos dice la realidad cotidiana.
Y así, en el interés por buscar formas de vida más dignas, poder salir de situaciones de esclavitud física o moral, escapar a la violencia o alcanzar espacios de desarrollo personal se fueron llenando de muertos las playas de Lampedusa, de campos de refugiados maltratados y hacinados en los Balcanes o las alambradas y los muros en los dominios españoles al norte de África.
Hasta que vimos a Aylan muerto con sus ropitas intactas en una playa, con su niñez abortada en los deseos de sus padres de no ser exterminados por el Isis o por el Estado turco. Con él murieron también su hermano y su madre. Todas víctimas de la misma desgracia que conmocionó al mundo. A partir de allí la sociedad se lleno de horror y solidaridad por el niño muerto y durante unos días vivimos una orgía de promesas, que sin dudas duraría hasta que un nuevo tema saque a los migrantes obligados del centro de la escena periodística.
Y todo sigue igual. En Medio Oriente sigue la barbarie violenta. En Libia la anarquía generada por los servicios secretos occidentales. La nación Kurda sigue siendo hostigada por los turcos, y tantas miserias más. Pero ninguno de los actores políticos de los países que dominan militar y políticamente el mundo piensa en dar respuesta a los gritos estremecedores de miles de Aylan que están pidiendo: “detengan el desastre”, porque para detener el desastre es necesario reconocer que en el mundo de la globalización dirigida, algunos son más ciudadanos que otros y no todos tienen los mismos derechos. Deberían reconocer que la globalidad sirve para que en todo el mundo consumamos sus productos pero no que para que todos seamos igualmente libres.
La globalización capitalista occidental mató a Aylan y su familia. Me dirán que no apretaron el gatillo ni soplaron los vientos que hicieron naufragar la balsa que lo transportaba, no me interesa. Cuando permite que un niño muera de hambre en la selva formoseña de Argentina o muera ahogado en el Mediterráneo, el capitalismo deshumanizado ha sido el asesino.

Prof. Jorge Gerbaldo

24/9/2015

martes, 1 de septiembre de 2015

NOTAS ACERCA DEL ARTÍCULO “LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN EN DEBATE” DE GERHARD MÜLLER. EN “DEL LADO DE LOS POBRES”

Nos dice Josef Sayer, presidente de Misereor y prologuista de este trabajo conjunto de
Gutiérrez y Müller: “Teología latinoamericana, en el sentido de la teología de la liberación,
significa conocer la realidad de los pobres y adoptarlo como punto de referencia para la
reflexión teológica. De esta manera, hacer teología significa unir estrechamente fe y vida”.
Alguna información sobre Gerhard Müller: Teólogo alemán, quien fuera Obispo de
Ratisbona, actualmente es Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Conoce a
Gustavo Gutiérrez a partir de un intercambio de teólogos alemanes con pares peruanos, el
cual lo motiva para interiorizarse del pensamiento teológico latinoamericano y su correlato
pastoral. Es así que durante 15 años, dedicó parte de sus vacaciones académicas para dictar
cursos a agentes pastorales y sacerdotes peruanos, en muchos casos inmersos en las
profundidades andinas, compartiendo la vida de esas comunidades.
En octubre de 2011, con ocasión de su nombramiento como Prefecto, en una entrevista
publicada por el Vatican Insider, señala con respecto al pensamiento de Gustavo Gutiérrez: “La
teología de Gustavo Gutiérrez, al margen de cómo se la considere, es ortodoxa porque es
ortopráctica y nos enseña el correcto modo de actuar cristiano, ya que deriva de la fe
auténtica”.
Para Müller, debatir con la teología de la liberación significa asumir su discurso teológico
y tomar parte con él en el proceso social y eclesial de Latinoamérica. Así, debate
comprometido con una realidad que intuye inevitable de ser consideradada.
Luego de esta sencilla presentación del autor y del tema que aborda, me parece
importante descubrir junto con el Dr. Rosolino en su obra “La teología como historia”, que debe
tomarse a la historia como lugar de la mediación hermenéutica de la verdad. Éste es el
problema que el mundo moderno plantea a la teología, y por tanto será la novedosa respuesta
que la teología da, para acabar con el enfrentamiento entre la fe y la cultura moderna. Nos
dice Rosolino, las palabras de Monseñor Angelelli: “Un oído en el Evangelio y otro en el pueblo”
resumen la permanente tensión-atención entre Palabra e Historia.
Müller, intenta en este artículo, revisar los principales cuestionamientos que como teólogo
europeo conoce que sufre la teología latinoamericana. Él mismo, parece leerse entre líneas,
tiene una especial relación con esta teología, que se mueve entre la comprensión y la crítica, si
bien no a su ortodoxia, si a la metodología y algunas fuentes de la que abreva el discurrir de
esta teología.
Es por ello que él mismo nos alerta sobre su interés respecto a la teología de la
liberación: parte de su mismo atractivo respecto a la realidad económica, social y eclesial
latinoamericana y sus condicionamientos histórico-eclesiales. “…el trabajo del teólogo es la
palabra de Dios que es sólo una, está dirigida a la humanidad y a su única historia, y
solamente puede ser interpretada en el plano de lo universal/histórico y lo universal/social.
Poniendo basa en una tierra concreta, no ya en un mundo genérico, el cardenal Müller
descubre para su lector que se hace teología desde lugares que se transforman en lugares
teológicos: “La pregunta de fondo, formulada teológicamente, dice: ¿cómo se puede hablar de
Dios, de Cristo, del Espíritu Santo, de la Iglesia, los sacramentos, la gracia y la vida eterna,
teniendo a la vista la miseria, la explotación y la opresión de los seres humanos del Tercer
Mundo…?
Para ello, debe romperse con el dualismo escolástico del mundo natural y el orden
sobrenatural. Y para lograrlo contamos con la concepción integral bíblico-hebreo, de la unidad
de la existencia humana, personal, espiritual/corporal y social. A partir de ahí hay que concebir
de nuevo y formalmente toda una sistemática de la teología.
Müller encuentra en la praxis y el primado de la praxis un encuentro integral con la
realidad y la participación en el proceso de su realización social e histórica, así ya la teología
teórica y la teología práctica son imposibles de separar. De toda teología surge una praxis que
se concibe primero intelectualmente para llevar los principios de la fe a la realidad concreta y
material.
Bruno Forte, nos habla del triple ingreso de la historia en la teología:
- El primado del objeto puro;
- la dignidad del sujeto humano, la razón histórica y el ingreso de la escatología; y
- la relación teoría-praxis.
Casi en coincidencia, Müller nos plantea tres instancias metodológicas para la teología:
- Primero, la participación del cristiano en la praxis de Dios que libera al hombre en la
historia, una participación que implica acción, sufrimiento, conocimiento.
- Segundo, la reflexión crítica y racional sobre esa praxis a la luz del Evangelio.
- En un tercer paso, también crítico y reflexivo, la transformación de la realidad.
Por ello, teología e Iglesia cambian su sentido en una teología contextualizada, a partir de
la definición del Vaticano II, para quien la Iglesia no es ya una institución que administra la
salvación. Sino que la Iglesia en conjunto (con los laicos y la jerarquía, que son sus miembros
internos) se convierte en signo e instrumento de la unión de Dios con los hombres y de los
hombres entre sí. Así se convierte en sujeto actuante de la acción liberadora y de la praxis
histórica de la liberación. Nace el poder histórico de los pobres, quienes al participar como
sujetos en el proceso de la historia son al mismo tiempo sujetos y actores de una empresa de
liberación.
La novedad de la teología de la liberación, no es ya el ofrecer nuevos temas a la
teología, sino en establecer una nueva metodología para procesar los planteamientos y
contenidos de clásicos de la teología católica. Estos principios metodológicos, serían:
- El análisis social
- La sistematización hermenéutica
- La pastoral práctica y sus aplicaciones.
Nos decía Gustavo Gutiérrez hace dos años en esta misma casa, que le consultaban qué
temas trataba la teología de la liberación? A lo que él contestaba que desarrolla los temas que
toda teología debe considerar, la especificidad está en el método de análisis que pone al
sufriente en un lugar teológico privilegiado.
Esto mismo nos transmite Müller y por ello ve en la metodología de la teología de la
liberación el centro hermenéutico del cual generar el debate y la comprensión de esta escuela
teológica. Así, la considera sucesora de la Nueva Teología francesa de Henri de Lubac con sus
proyecciones sociales y de la teología de la gracia de Rahner, aplicada a la historia y a la
sociedad.
Pero quiero centrarme en lo que tal vez tenga de más conflictivo en la crítica a la teología
latinoamericana, que es su análisis social (primer elemento metodológico, según el autor).
Esta teología empieza considerando que nuestra relación con Dios y nuestra situación en
el mundo y en la sociedad son partes de una misma realidad. Pobreza, es el resultado de
condiciones de existencia estructurales e insalvables que destruyen la vida de millones de
seres humanos.
Descarta de todo cuestionamiento que tenga algo que ver con la ideología totalitaria del
comunismo leninista y stalinista, ya que no considera al hombre como un simple producto
ensamblado a partir de condicionamientos materiales. El hombre es una persona creada por
Dios y convocada por Dios para una obra.
No obstante, considera la opresión, fruto de sistemas económicos del mercantilismo, de
la moderna industria capitalista de los Estados centrales y de sus agentes en las poderosas
empresas multinacionales, que produjeron la marginalización del Tercer Mundo y la
pauperización de grandes masas populares.
Entiende que cuando la T.L., utilizando un lenguaje marxista habla de “luchas de clases”,
no lo plantea como el aniquilamiento de hombres de una clase contra otra, sino que debe
entenderse de la lucha de la gracia contra el pecado, en la cual debemos tomar posición. La
teoría de la dependencia y los movimientos liberacionistas latinoamericanos surgieron como
fuente inspiradora de una nueva forma de ser Iglesia, que junto a la pedagogía de la liberación
intentan dar respuesta a un sistema global de opresión desde los países centrales
(específicamente Estado Unidos y Europa) y recupera el concepto de dignidad de la persona
humana más allá de su situación social.
Pero uno se preguntará el por qué del interés de un teólogo europeo por una teología tan
contextualizada como a simple vista parece ser la teología de la liberación y tan lejos de sus
propios intereses sociales y académicos. A esto Müller responde diciendo que la teología se
desarrolla en el contexto eclesial que es único y universal más allá de las situaciones de cada
Iglesia particular y sostiene que le ha interesado la teología de la liberación porque las
relaciones sociales, económicas y eclesiales de los seres humanos en Latinoamérica, son una
dimensión objetiva de su propia existencia y de sus condicionamientos históricos, sociales y
religiosos. Su visión teológica de Dios sólo es posible en el marco universal y escatológico en
que se realiza la salvación en la historia de la humanidad. Iglesia es una y si dejamos sufriente
a alguien, no estamos construyendo Iglesia. No interesa si vivimos y estudiamos en una capital
desarrollada, sólo seremos uno si miramos la realidad desde el todo y ese todo, desde el
anuncio evangélico tiene su opción en los pobres, en los que sufren, en los perseguidos, en los
oprimidos.
En definitiva, del desarrollo del artículo que estamos analizando, surge para Müller que no
se concibe una teología fuera de la historia. Sólo desde el hombre anclado en su realidad (que
es global y por tanto única) puede pensarse a Dios. La historia ingresa en la teología, porque
la teología ingresó a la historia. Y lo hace a partir de la recuperación del principio epistémico
del Evangelio en donde el pobre, el sufriente, el oprimido, el rechazado, la víctima, se
transforma en un modo de lectura del Reino que no puede obviarse. Desde ese punto de
referencia, la Palabra, la gracia, la historia de la salvación, la escatología, son vistas y
recreadas con ojos que parecen nuevos, pero que no son más que los ojos que miraban en el
mensaje kerigmático de la primera Iglesia. Es la recuperación del mensaje del Reino que mira
a los hombres en su situación vital y trascendental.

Prof.Jorge Gerbaldo

martes, 14 de abril de 2015

Reflexiones a partir de la Carta Abierta al Papa Francisco de Alfredo Leuco

En estos días, nos encontramos bombardeados por los medios de comunicación con el contenido de una “Carta abierta al Papa Francisco”, que le dirigiera el periodista Alfredo Leuco[i].

Este periodista, que se autonomina como fiscal de la Patria, desarrolla de modo totalmente incoherente, una serie de estupideces respecto a la visita programada por la presidenta Cristina Fernández al Vaticano en el mes de junio, cuando será recibida por el Papa Francisco.

Mezcla cosas que una persona culta no debería mezclar, pero sobre todo, intenta hacer uso del espacio que posee en los medios de comunicación en que trabaja para desacreditar un encuentro entre dos líderes (que lo son, nos gusten o no) y transformarlo en un acto de campaña de la Presidenta.

Pero lo más increíble es el uso que se intenta dar, en el contexto de un enfrentamiento entre sectores empresarios y políticos a cierta religiosidad, o por lo menos, respeto por los liderazgos religiosos, que el ciudadano medio argentino tiene. Y en este caso, aumentado o re-ligado, a partir del hecho de que el Papa sea argentino.

Es por esta utilización, que pondera exageradamente la persona del Obispo de Roma. Lo hace hasta el extremo de llamarlo “el argentino más valioso de todos los tiempos”, cuando sin dudas no lo es. Y con esto no busco disminuir la figura de Francisco, ya sabrá él lo que debe hacer para ser un buen Pastor. Pero no creo que sea más importante para la Patria que San Martín, Rosas, Belgrano y tantos otros que podemos nombrar.

Es más, le asigna cualidades que no tiene, o por lo menos no ha manifestado. Él tiene aún mucho por hacer y por decir, pero es una carga de su propio apostolado, de su organización, no es una urgencia del Estado y mucho menos del argentino, las reformas que deberá darse en su propia religión.

Lo que sucede es que Leuco hace un mal uso del concepto de religión. Sin ser cristiano católico, cree que la Iglesia debe actuar sobre el poder político para “ponerlo en línea”. Pero en su necedad opositora, no se da cuenta que el tiempo en que la Iglesia debía marcar los caminos que el Estado debe recorrer, corresponde a un modelo social, el de la cristiandad, que ha sido superado, si bien no por toda la Iglesia, sí por la organización social.

Uno es cristiano y vive según la fe que profesa. Pero no debe intentar imponer en esta sociedad multicultural su forma de ver el mundo. La riqueza de estos tiempos de posmodernidad, está centrada en que en la cultura de cada sociedad confluyen valores, creencias, no-creencias y vivencias tan variadas como personas que piensan el quehacer nacional. Ya hemos vivido épocas en la Argentina en que nos enfrentábamos porque un sacerdote decía en un sermón que algo estaba mal, y sin ningún espíritu crítico salíamos a condenar al anatematizado. Hoy, gracias a Dios, el ciudadano debe pensar sus opciones mirando al hombre que tiene al lado, para entre todos lograr construir una opción social compleja y abarcativa de las necesidades de la comunidad.

Pero los exabruptos no acaban acá. Carateriza al actual gobierno de Argentina, como el más corrupto y el que instaló el odio como ningún otro. Digo que es un exabrupto, dado que debe partirse de un hecho fundamental, que es saber leer la historia argentina. Luego de la dictadura militar (1976-1983) en donde el plan sistemático de desaparición de personas, asesinatos y robos de criaturas, fueron monedas corriente, nunca puede decirse que ningún gobierno fue peor que aquel.

Pero pareciera que esto no importa a aquellos que se enfrentan hoy con el gobierno nacional. Puede decirme quien quiera que no está de acuerdo con este gobierno. Pueden decirme que cada acto de gobierno es malo, lo que nadie puede decirme es que sea peor que la dictadura militar. Sólo desde el desprecio propio por la democracia puede pensarse que un gobierno elegido por el pueblo, en pleno uso de su derecho a gobernarse, puede ser peor que una dictadura.

Por todo ello, lo que quiere plantearse casi como un juego de periodistas en busca de llamar la atención, visibiliza formas específicas de considerar la relación sociedad-religión y un modo especial de mirar la historia. A la religión los hombres debemos asumirla como algo personal y a los liderazgos sociales o políticos como un medio para transformar la comunidad.

En definitiva, la reunión de junio, será entre dos líderes, nos guste o no, y tendrá el carácter de reunión cumbre, del que esperamos surja lo mejor para la sociedad. Quien gane las elecciones de octubre no lo hará a partir de una foto u otra, sino como resultado de la voluntad de las mayorías. Tal vez esa noche no me quede contento por la elección, pero habré ratificado mi total adhesión a la democracia como forma de elegir a mis gobernantes.

JORGE GERBALDO
14/4/2015



[i] http://ledoymipalabra.com/?p=1373

miércoles, 27 de agosto de 2014

IGNACIO-GUIDO, TE DEVOLVEMOS A TU ABUELA

En estos días, el país derramó una lágrima de alegría con la noticia de la recuperación de Ignacio-Guido, nieto de Estela de Carlotto. Como todo el país, también me emocioné con el suceso e inmediatamente me surgió la pregunta sobre qué han significado las Abuelas de Plaza de Mayo para mí. De esto tratarán estas pocas palabras, ya que al pensarlo, fui gestando el mejor agradecimiento que puedo hacerles.
Para aquellos que nacimos a la militancia con la democracia, el tema de los derechos humanos era el central. Y en eso tanto Madres de Plaza de Mayo como Abuelas, conformaban el gran paradigma de la lucha.
Cada movilización, cada comunicado, cada una de las palabras que ellas decían, marcaban caminos. La militancia popular de los 80 y los 90 fue marcada a fuego por la lucha de los organismos de los Derechos Humanos. Aquel insigne “padre de la Plaza” que fue Augusto Comte, nos trasmitía el fervor para no olvidar, cuando éramos tratados como trasnochados en pleno Menemismo.
Sin dudas el gran espejo de lucha donde mirarnos eran las Madres y las Abuelas. Y es por ello que un día (allá por el siglo pasado), me sumé a la marcha de las Madres un jueves que estaba por Buenos Aires. Al finalizar me atreví y saludé a algunas. Quería tener el honor de haber tocado a esas señoras que nos enseñaban qué y cómo hacer. Y así fue que al acercarme a Tati Almeyda a saludarla e intercambiar algunas palabras me dijo: “gracias por venir”. Ella me decía a mí, gracias por venir. Y yo no tuve palabras para poder decirle, no, gracias a ustedes por enseñarnos cómo se lucha, enseñarnos cómo se busca justicia.
“Gracias por venir”, me dijo Tati. Y cuando pienso, estimo que lo mismo le habrá dicho María a Jesús cuando llegó Jesús a la fiesta de las Bodas de Caná. También seguramente así lo recibía Azucena Villaflor al asesino Alfredo Aztiz, cuando participaba de las reuniones de las primeras Madres en la Parroquia de la Santa Cruz. Porquería humana que fue tan macho como para secuestrar y asesinar a unas madres que buscaban a sus hijos y como el cobarde que era se entregó sin luchar en ocasión de la Guerra de Malvinas, llenando de oprobio a todos los jóvenes que entregaron su vida en las islas.
Esas Madres a Abuelas mostraron el camino, sin olvido y sin perdón. Buscando justicia, pero sin alimentar la venganza. Todos sabían dónde vivían los represores, dictadores, asesinos, torturadores, y nunca sufrieron un ataque o una represión, porque siempre la consigna fue JUSTICIA.
Y desde hace diez años, la justicia fue llegando. Se derogaron las leyes de impunidad de la época de Alfonsín y se anularon los indultos para los pocos condenados. Es más, hace unos días se condenó a los autores intelectuales del martirio del Enrique Angelelli en La Rioja. Obispo que fue asesinado por llevar la voz del Evangelio a aquellos que son sus dilectos destinatarios: los pobres, los oprimidos, los expulsados.
Es por eso que hoy me alegro. Las Madres y las Abuelas, así a secas, sin necesidad de aclarar, porque son nuestras madres y nuestras abuelas, están de fiesta con la recuperación de otro nieto y sobre todo de uno tan emblemático. Son nuestras madres y abuelas, porque las adoptamos. Y también porque ellas se dejaron querer. Porque uno puede estar de acuerdo o no en alguna definición política que tengan, pero nunca dejaremos de admirar su lucha.
Por ello, lo único que me sale en este momento es decirle a Ignacio-Guido: tomá te devolvemos a tu abuela, aquella que nos prestaste por 38 años y que nos sirvió de ejemplo. Ahora es de vuelta toda tuya. Nosotros ya aprendimos la lección y seguiremos buscando a los que faltan, ahora vos aprovechala, dale muchos besos y pedile que te cuente tu historia que de a poquito se fue transformando en la historia de todos nosotros.

Jorge Gerbaldo

Agosto 2014

sábado, 15 de marzo de 2014

SUBIR LOS CUADROS COMO MEMORIAL


En las últimas semanas, dos sucesos vinculados a la historia argentina reciente, han conmovido a distintos sectores de la Iglesia, por distintos motivos.
La relación de algunos sectores del episcopado nacional con la última dictadura (1976-1983) ha sido largamente estudiada y discutida. En esa discusión aparecían posiciones encontradas entre los que sostienen, con conocimiento de causa, que un sector de la Iglesia participó activamente en el plan sistemático de desaparición forzada de personas desarrollado por aquellos años, y otro sector que responde que quienes cuestionan la actuación de la cúpula eclesial, en definitiva son los mismos que por desvaríos teológicos y pastorales llevaron a toda una generación de jóvenes a la violencia y al socialismo apátrida.
Los hechos conocidos en estos días fueron:
a-      La aparición del texto original de la carta que el Obispo Angelelli le enviara a Mns. Zaspe, en donde cuenta la reunión mantenida con el Gral. Menéndez[1].
b-      La declaración en los juicios llevados a cabo en Córdoba por el campo de concentración de La Perla, de los miembros de la comunidad de La Salette que sobrevivieron al cautiverio[2].
Ambos sucesos se encuentran emparentados entre sí, ya que ambos sucedieron en la misma jurisdicción militar, la del Gral. Menéndez, quien hacía gala de su carácter de buen cristiano y relación personal profunda con el entonces arzobispo, Cardenal Primatesta.
Las declaraciones de los entonces seminaristas de La Salette que por aquella época estudiaban en Córdoba relatan por sí solas las peripecias y humillaciones que debieron vivir, aunque tuvieron la suerte de salir de lo que fue uno de los máximos centro de exterminio de la dictadura con vida.
Lo novedoso es la carta de Angelelli, ya que expone la nombrada reunión, que había sido negada terminantemente por el General y motivado el silencio de hermanos en el episcopado que decían no conocer nada.
En una entrevista en el programa “Ida y vuelta nacional” de Radio Nacional de Córdoba, la sobrina del Obispo asesinado y promotora histórica de una causa judicial que era sistemáticamente bombardeada por el episcopado, María Elena Coseano, cuenta que después de la reunión pasa a visitarlo y le pregunta ¿Cómo te fue? a lo que Angelelli le responde: “bien, pero me parece que me tengo que cuidar”. Sin dudas sería así ya que cinco meses después sería asesinado en una ruta riojana.
Dicen quienes escucharon las declaraciones de los detenidos en la comunidad de La Salatte que la deducción de sus dichos es que sin apoyo de la jerarquía eclesial, el golpe de Estado y la permanencia de la dictadura no hubiera sido posible. No sé si eso será tan exacto, pero sin dudas los militares tuvieron en un sector de la Iglesia un aliado privilegiado. Esto sobre todo, porque compartían un mismo enemigo: aquellos cristianos que habían descubierto la profundidad del Evangelio y el sentido profundo del mensaje liberador de Cristo. Estos enemigos eran los estudiantes de clase media que vieron en la política un mensaje de amor y por ello se sumaron masivamente a la Juventud Peronista; los que a partir de la experiencia de tantos curas obreros, militaban en los gremios combativos; los que lucharon por la dignidad de un campesinado proletarizado a través de las Ligas Agrarias y tantas otras experiencias de liberación.
Pero el episcopado sigue callado. Sus líderes no han sabido enfrentar la situación con la dureza que deberían haberlo hecho. Al igual que lo sucedido con los sacerdotes pederastas, no hay definiciones contundentes y sin posibilidad de dobles interpretaciones.
En la Argentina, cada sector debió asumir sus responsabilidades por la masacre que llevaron adelante los esbirros de la dictadura. El ejército lo hizo en la persona del Gral. Balza, allá por 1995. La Iglesia realizó un lavado examen de conciencia en las celebraciones del Año Santo del 2000, aquí en Córdoba y tuvo que reiterarla en un comunicado en 2012[3], luego de que el dictador Jorge Videla dijera en una nota a una revista española que había consultado con la jerarquía los planes a seguir desde el gobierno para el llamado “combate a la subversión”.
El gran gesto de memorial, lo tuvo por parte del Estado, el Presidente Néstor Kirchner, cuando el 24 de marzo de 2004 ordenó descolgar de la galería de fotos del Colegio Militar de la Nación las imágenes de Videla y Bignone[4], dos de los dictadores que se desempeñaron como presidentes en esos años.
El episcopado Argentino se encuentra en deuda, no sólo con la sociedad en su conjunto, sino con la misma Iglesia, como pueblo de Dios que camina estos rumbos en esta época y esa mora debería ser saldada. Lo simbólico del gesto de Kirchner debería servir de iluminación. Las fotos, en cuanto puesta en presencia de personas significativas para cada uno, es memorial y actualización de lo que significa su testimonio (martyria) para quienes seguimos aquí.
Por eso sería magnífica idea que a diferencia de las fotos de los dictadores que fueron quitadas, las fotos de los ejemplos de pleno compromiso cristiano fueran elevadas. Que pudiéramos ver presidiendo la sala de reunión de nuestra conferencia episcopal las fotos de los Obispos Angelelli, Ponce de León y Devoto. Que las iglesias catedrales tengan como figura insigne en sus puertas las fotos de los mártires Palotinos, de los curas y laicos riojanos asesinados por su acción pastoral y de Carlos Mujica (tan recordado en estos días) que fue muerto por ser un cura que quiso una Iglesia pobre para los pobres.
Si de algo podemos estar orgulloso los cristianos es de la esperanza. Es ella la que nos ilumina y nos permite seguir soñando la utopía de una Iglesia que no olvide sino que haciendo pie en sus mártires, como lo hizo la Iglesia romana del siglo III, surja en testimonio y comprensión.
Jorge Gerbaldo
15/3/2014